Viernes en la casona en Salsipuedes, y un mate y charla reconfortante con el reconocido artista plástico Diego Arrascaeta. Una tarde para sacudir los sentidos dormidos. Diego me recibe en su taller, ahí apartado, silencioso en un rincón de las sierras. Donde surge la inspiración que forja tantas obras provocativas. Pese a todo el reconocimiento, su humildad sigue intacta, y charla de sus inicios, sus aprendizajes y su visión sobre el arte.

Entre mates, me cuenta sobre sus comienzos, en épocas que cursaba la escuela secundaria. Medio por accidente se encontró con el pincel y otras artes. “Básicamente me conmovió como ejercicio introspectivo de una manera totalmente intuitiva, presentida.

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La pintura me trajo una trama de sostén que ni sabía que existía, desde ella tuve la inquietud de saber que era un libro, fue una apertura al mundo de los creadores. Del ser, su sufrimiento y su fragilidad”, cuenta.

Así, acompañado por la música clásica, empezó a pintar. Les canjeó a sus padres el viaje de estudios por un taller y al son de Rachmaninov se dejó llevar. Luego estudiaría en la Universidad Nacional, pero su mayor influencia siempre serían los músicos, los escritores. 

El #Arte como oficio

Diego, se cuestiona, reflexiona, no sólo pinta. “El arte es un oficio marginal. No le sirve a nadie, no es necesario para casi nadie. Nadie dice necesito ver un cuadro para profundizar sobre mi existencia. El arte es poder encontrarse con ese ser desnudo que somos”, explica. 

En ese trabajo de introspección, el artista necesitó huir de la ciudad.

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Se recluyó en una vieja casona que pertenecía a su abuela y allí montó su taller.

“La ciudad es la exacerbación de lo inhumano. En vez de construir una plataforma más sensible, solidaria, se ejerce una especie de guerra civil fundada en un sistema social totalmente desigual. Hay una lucha de poderes que engendra una crueldad sin fin y hace a las personas ensombrecerse. Si uno persigue la introspección del arte, de alguna manera necesita alejarse de esa polución espiritual, para poder reencontrarse con lo humano que muestra el silencio como para así también poder objetivar ese drama y pintarlo”, explica acerca de su retiro.

El diálogo y la interpretación

Charlamos sobre todo y para concluir lo invito a pensar el arte cómo diálogo.

-“Lo que propone la obra es generar algún tipo de diálogo, de acercamiento más profundo. Trata de despertar alguna reflexión sobre la vida íntima del que la percibe. Como una forma de penetrar en los otros, pero desde un lugar con menos imposturas, con menos velos.

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Un modo de desnudar al otro, cuando hay complicidad. El cuadro se vuelve una excusa, un espacio contenedor donde comulgas con personas que de otra manera no hubieras comulgado. Todos andamos anestesiados. El mundo hoy es una instancia de evasión permanente. El trabajo nos angustia, salir a la calle nos angustia, el sistema es angustiante, y sin embargo las estrategias de bienestar son olvidar. Cuando tendríamos que estar recordando que nos vamos a morir  y que no estamos disfrutando de la gente que amamos.

-Podríamos concluir que esa puede ser la función del arte…

-La función del arte es en relación a la percepción del arte y si hay una sociedad envilecida por algo que ha construido el mismo hombre, difícilmente dimensione esa función… Cuando caminas por la calle y ves pobreza, individualismo, devastación en cada rostro anónimo y que no genere un ápice de sensibilidad entre sí es un síntoma evidente. Cómo le vamos a pedir a esa sociedad que no se conmueve por la aberración humana, que se conmueva por una obra de arte. Entonces la función del arte sería volver a humanizar, sensibilizar.  #Cultura Córdoba