Al contrario de aquél primer parecer médico que indicaba que la situación iría empeorando se habían visto leves mejorías; claro está, sobre un presagio oscuro, malo, y sin posibilidades de soñar en que dicho acontecimiento se prolongara en el tiempo; todo parecía indicar que los últimos meses de vida no pasarían temporalmente de meses para convertirse en años, pero así y todo, el transcurrir había sido de un malestar soportable que les permitió, al menos, transitarlo en familia.

Su único hijo lo acompañaba día y noche; su ex mujer lo llevaba cada mañana y lo buscaba cuando oscurecía; los libros de cuentos infantiles que leían eran tantos que estaban apilados en el piso y habían ido unos sobre otros formado la palabra "Beto", en alusión al seudónimo del menor; su padre había elegido el nombre del Alberto en homenaje al mejor número 10 que, hasta entonces, había visto vestir la camiseta xeneize; Alberto "Beto" Márcico.

Al año de su nacimiento, su padre, de fe católica, decidió bautizarlo; pero no fue la ceremonia tradicional cristiana; decidió llevarlo a otro templo, a uno en donde el rugido de los fieles genera un especie de cataclismo místico, en el que durante la ceremonia la tierra lejos de temblar marca sus latidos; y fue ese día, el 11 de noviembre de 1996, que la vida les hizo un regalo a ambos; algo que los marcaría a fuego, de lo que nunca podrían olvidarse, y que en cada fecha conmemorativa de su aniversario, Beto, recordaría que en aquella oportunidad contra Unión de Santa Fe, el Dr. Carlos Salvador Bilardo tiró a la cancha al máximo ídolo que tuvo y tendrá el pueblo xeneize.

De ahí en más vivenciaron juntos tiempos de gloria; Beto nunca había visto a Boca campeón, pero con la llegada de Carlos Bianchi, y su nuevo ídolo llevando la camiseta número 10 en la espalda tuvieron rápidamente un bicampeonato.

Para el año 2000 la salud de su padre empeoró; Beto con sus 5 años se sentaba al lado del sillón de su viejo a mirar los partidos; ese año se volvió especial, porque fue en las vísperas de ese invierno, mientras se jugaba la Copa Libertadores de América, que le transmitían que su enfermedad era terminal y que los meses de vida ya sí se volverían escasos.

Su viejo rezó para pedir que su destino fuera otro; quería seguir junto a Beto, junto a su hijo, viviendo una vida que desde su llegada había sido maravillosa, en la que compartían el mismo amor, la misma pasión, el mismo sentimiento, en la que idolatraban al mismo ídolo, a ese pibe que todavía no era Román, ese que portaba su apellido debajo del número de su camiseta y decía contundentemente "Riquelme", con el que sufrían cada partido, reían, lloraban, gritaban, se abrazaban, vivían; vivían cada partido como si pudiese llegar a ser el último que miraran juntos. #Argentina #Fútbol #Boca Juniors