Los agujeros negros son uno de los objetos que más fama han obtenido con el paso de los años. En cierto sentido es lógico, nuestra imaginación tiende siempre a fijarse en extremos de la naturaleza que nos asombren, maravillen y aterren a un tiempo. Un agujero negro es la propia ley de la gravedad desatada y fuera de todo control, un monstruo que devora todo lo que se pone en su camino, una especie de Galactus de la vida real.

Para aquellos que no conozcan el funcionamiento de un agujero negro sería, en una versión resumida y algo superficial, algo así. Los agujeros negros se forman cuando una estrella masiva colapsa bajo su propia gravedad y se contrae hasta llegar a tener un tamaño muy inferior al original.

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De las clases de física conocemos la formula de la gravedad, que establece que cuanto mayor es la masa de un objeto y menor la distancia entre los centros de gravedad de dicho objeto y el posible objeto atraído por este mayor será la fuerza con la que se atraigan. Al reducirse el tamaño se produce un efecto que lleva a que la estrella comience a atraer incluso fotones, con lo que se vuelve completamente negra. A su alrededor se forma una membrana invisible, conocida como el "horizonte de sucesos" del que nada puede salir y que establece el punto desde donde cualquier objeto que entre será irremediablemente atraído.

Sin embargo, puede que tengamos que borrar a estos monstruos de la lista de habitantes del universo. La investigadora Laura Mersini-Houghton ha demostrado matemáticamente que sería imposible que un agujero negro pudiera llegar siquiera a existir en el universo.

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En esencia, la investigadora ha logrado establecer que un agujero negro arrojaría masa al espacio en su propia formación. La contracción cada vez más rápida de la estrella llevaría a la expulsión de una cantidad cada vez mayor de masa. Esto provocaría que el propio proceso evitase la formación del agujero, pues perdería masa más rápido de lo que alcanzaría la masa crítica que la convertiría en un agujero negro.