Brasil se acerca peligrosamente a las elecciones presidenciales que en unos días decidirán a la persona que durante una parte importante de la historia de Brasil dirigirá al estado más poderoso económicamente de toda Sudamérica. Cada día que pasa las tensiones entre los partidarios del Partido de la Social Democracia Brasileña, dirigido por Aécio Neves da Cunha y los partidarios del Partido Democrático Laborista liderado por Dilma Vana da Silva Rousseff, son más y más fuertes y amenazan con acabar con un país que en este momento está al borde de los disturbios y los conflictos entre brasileños.

Ya se han dado casos como el del popular columnista y guionista brasileño Gregório Duvivier, de 28 años, que tras publicar hace unos días en una de sus columnas su apoyo a la candidatura de Dilma Rousseff, fue abordado en un restaurante de Rio de Janeiro por un hombre que le acusó de ser un "izquierdista de caviar" y que posteriormente aseguró que se retiraba del restaurante por no acabar golpeando al joven columnista.

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Es un simple ejemplo, poco más que una anécdota. Sin embargo es algo que habla muy bien a las claras del tipo de tensión que actualmente se vive en el país. Brasil es actualmente un estado polarizado, reducido a dos bandos que se comportan como si en lugar de unas elecciones estuviéramos a punto de vivir una guerra civil en la que ninguno de los dos bandos encuentra razones para enfriar los ánimos y tratar de acercar posturas.

El último debate, celebrado el domingo, dejó un educado intercambio de ideas en lugar de la pelea que en anteriores ocasiones nos brindó. Otros debates nos habían permitido ver un espectáculo más cercano a lo que se vislumbra en la calle, lleno de golpes bajos dialécticos y mutuas acusaciones de corrupción y de nepotismo. Es probable que se trate del resultado de las anteriores encuestas que rebelaron que este tipo de debate no estaba favoreciendo a nadie y descendía la participación.

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Mientras se acerca el día en el que los brasileños tengan que introducir sus papeletas, el estado aguanta la respiración a la espera de lo que pueda pasar en las calles al día siguiente.