Se me ocurren muchas formar de festejar el cumpleaños de La Sirenita, el clásico de Disney que cuenta ya con 25 años y que todos hemos visto al menos una vez, en el momento de su estreno o más adelante, solos o acompañados, rodeados de adultos o de niños, ya que aunque se trate de animación ningún espectador está excluido del disfrute que comporta, pero sin duda una de las maneras más originales de hacerle el homenaje que se merece es centrarse en el tema estrella del largometraje, ese que seguro que no hemos podido evitar cantar cuando la escuchamos o cuando la recordamos: Under the sea.

Este prodigio de la #Música supone uno de los momentos culminantes de la película de Ron Clements y John Musker, algo así como el equivalente a Memory en Cats o el inolvidable Oh, what a beautiful morning de Oklahoma!, porque se trata de la canción esperada, aquella que por conocida y apreciada se aguarda con el doble de intensidad cuando se empieza a ver la película.

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Porque es una gozada escuchar, en la voz de Samuel E. Wright, es decir, el cangrejo Sebastián de la versión original, un tema inspirado en los ritmos caribeños para intentar convencer a la protagonista de la cinta, la sirenita Ariel, de que su vida está precisamente Bajo el mar, traducción del inglés en que la letra se escribió.

La joven Ariel está enamorada del príncipe Eric, pero Sebastián le canta las grandezas de una vida sin preocupaciones, sin los peligros de que fuera del mar los humanos se los puedan comer, para que la pequeña sirena resista su deseo de ser humana para estar con él. Y Sebastián no puede utilizar un método mejor de persuasión que cantándole una de las canciones que más se recuerdan de entre todas las famosas de Disney, que son unas cuantas. Howard Ashman y Alan Menken lo compusieron y los directores animaron los ritmos con los más coloridos dibujos, sirviendo el propio océano de escenario para uno de los números musicales más sencillos y mejor coreografiados del #Cine de los noventa.

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Conchas que hacen las veces de instrumentos, caracoles que se ocupan de los coros o pulpos que utilizan sus tentáculos a modo de cuerdas musicales son parte del fabuloso mundo que constituye los apenas tres minutos que dura esta obra maestra que, por supuesto, obtuvo un merecido Oscar de la Academia de Hollywood a la mejor canción del año.