El verdadero protagonista de esta historia es un conejo curioso que se coló en un agujero, allá por los años 50. Entre vino y vino fue el propio Armando Rico, padre, ya desaparecido, el que me relataba los verdaderos comienzos de este enclave, ubicado en la villa romana de Titulcia, al sureste de la Comunidad de Madrid, a tan solo 40 km de la capital.

Corría el año 1952 y Armando, junto a otros compañeros, realizaban obras en un pequeño terreno. Observaron cómo, un conejo, se introducía por uno de los agujeros excavados. Saldrá, se dijeron, no hay otra salida. Pasaron varias horas y el conejo seguía sin aparecer. Dedujeron pues, que algo le había ocurrido o que había descubierto otra salida.

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Optaron por la segunda posibilidad y Armando decidió ahondar en el hueco por dónde había desaparecido el conejo. Y ahí estaba. Inmensa, mágica y misteriosa. Dice una de las leyendas que, tras tomar la ciudad de Orán, el cardenal Cisneros llegó a Titulcia, donde tuvo un sueño después del cual, ordenó construir la cueva. Según planos obtenidos más tarde, la construcción de la cueva conforma una perfecta cruz templaria, pero aún se desconoce a ciencia cierta, la verdadera fecha de construcción.

A pesar de que en los años 70 fue declarado monumento de interés, aún permanecen cerrados dos de los brazos que conforman la cruz templaria. Como es normal en este país, donde se subvencionan corridas de toros pero se abandona la cultura, el Estado no ha aportado las ayudas suficientes para su reconstrucción y poco a poco, este lugar va deteriorándose por la humedad reinante en suelos y paredes.

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Es lamentable ver cómo, tras tantos años de esfuerzo por conservar este lugar único, se esté dejando sepultar por falta de interés del ministerio correspondiente.

De cualquier modo, puedo decir de viva voz que, la primera vez que bajé allí, junto con un grupo de amigas, al salir, todas lo hicimos en silencio, como si no nos atreviéramos a contar lo que habíamos sentido por temor a que nos tacharan de locas. Cada una de nosotras, experimentamos notables y diferentes sensaciones. Ninguna salimos indiferente. Armando me comentaba también que, sobre todo, éramos las mujeres las más sensitivas.

Debes acceder a ella, sin temor, pero con profundo respeto y previo "permiso", golpeando su puerta de entrada, tres veces. Tras bajar unas anchas y desgastadas escaleras, se llega a un núcleo central en cuya bóveda superior aparece una cruz templaria inscrita en dos círculos concéntricos. Este símbolo, uno más de los que se encuentran en la cueva, de un claro significado esotérico que, según Armando, tan solo es revelado a los visitantes más iniciados.

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Desde esta bóveda central parten los cuatro brazos que forman la cruz. Para bien ser, el primer recorrido debe hacerse en pareja y portando una vela, para más tarde, volver a recorrerlo individualmente. Estos recorridos deben hacerse, siempre hacia adelante y pasando por todas las galerías que se encuentran abiertas. No se trata de un simple paseo, sino de un verdadero pasaje iniciático. Hoy, este lugar, es punto de encuentro para rituales esotéricos en las noches de San Juan y lugar de recogimiento. Aunque este lugar, extrañe a un personaje tan carismático, amable y humilde, como fue Armando.

Sobre la cueva, merece la pena destacar el restaurante Cueva de la Luna, fundado por Armando padre y que ahora regenta su hijo. Tras una experiencia semejante, te aconsejo disfrutar de la exquisita cocina que Armando hijo te ofrece en un entorno ambientado para hacerte sentir en otro tiempo. Nada mejor para estas navidades.

#Turismo #Filosofía