Cuando contaba 57 años, el estadounidense Ra Paulette, halló, muy cerca de su casa, una inmensa cueva. Han pasado diez años desde que Paulette tomó la decisión de transformar aquella mole de arenisca. Un proyecto ambicioso en el que tan sólo necesitó la compañía de su perro y los útiles necesarios para excavar, pulir y tallar.

Tras una década de intenso trabajo, se produjo la magia. Las entrañas de la cueva, poco a poco, fueron transformando en un lugar majestuoso donde la reina es, sin duda, la luz natural que se cuela a raudales por los techos dando vida a las innumerables e impresionantes texturas que aparecen en todos sus túneles, así como en todas y cada una de las cámaras que han sido moldeadas a conciencia, para dotar de identidad propia a cada una de ellas.

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Paulette ha conseguido su propósito inicial destinado a él mismo y al que tenga la fortuna de visitar esta grandiosa obra de arte. Según el estadounidense, el propósito de esta cueva es "llevar renovación espiritual y bienestar personal". Sin duda, lo ha conseguido. Doy fe de ello tras ver el documental, Cave Digger, realizado por Jeffrey Karoff y que resultó, varias veces, galardonado.

A la vista de este documental, no puede uno evitar preguntarse, cómo esta inmensa obra, pura expresión del arte, ha podido salir del esfuerzo y la creatividad de un sólo hombre. Superación, esfuerzo y su pequeño grano de arena, para transformar a la sociedad, como él mismo afirma.

Al artista le gusta llamar a su obra, "La danza de la excavación" porque, estos diez años de intenso trabajo en solitario, en los que ha dotado a este lugar de un poder espiritual transformador para el ser humano, le han ayudado a ser consciente de cada uno de los movimientos de su cuerpo, y por consiguiente, le han permitido sentirse plenamente vivo.

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En un plano más mundano, estas cuevas, una vez terminadas, serán, a su vez, testigos de eventos artísticos y culturales. Esperemos que las próximas generaciones sepan valorar este irrepetible legado que nos dejan Paulette y su perro.