En el Ministerio hablan de la violencia que propició, la vehemencia con la que actuó, la locura que cometió. Le recriminarán por siempre el desacierto de su conducta, criticarán por décadas la imprudencia de sus acciones, remarcarán por años la equivocada vía por la que condujo sus emociones. Para algunos pocos, en el Ministerio, Miguelito era un pibe tranquilo; pero otros muchos dicen en alguna oportunidad haber visto en él un brote reflorecido de furia, una catarata de crispaciones, erupciones densas pero contenidas.

Pero quién era Miguelito Rigamonti; cómo era su vida más allá de las voces que se proliferan y multiplican en los acólitos pasillos del Ministerio.

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Miguelito apoyaba los brazos al costado de la cama cuando sonaba el despertador, contemplaba el chillido de la alarma hasta componerse, luego lo apagaba y se producía un silencio continuo que iba desde que entraba a la ducha, continuaba mientras desayunaba, y se perpetraba al salir de su casa y llegar al trabajo. La primera palabra que se le oía era "buen día", que la decía recién a media mañana cuando llegaban sus compañeros a la oficina, esa misma se repetía varias veces a medida que iba topándose con distintos personajes del Ministerio. 
El tipo tenía la conducta de llegar antes que abriera el edificio donde funcionaba el Ministerio y esperaba afuera fumando un pucho; el resto de los trabajadores de su mismo sector iban ingresando con el correr de las horas.

Miguelito ponía en práctica una tradicional frase militar, "al pedo pero temprano".

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Como suele suceder en épocas de elecciones a Miguelito como a tantos trabajadores se lo iba tanteando, querían desde las cúpulas de la burocracia saber a quién iba a votar. No era que realmente les importaba lo que pensara el tipo, para nada. Lo que sucedía en un lugar como este es que "por deporte" se hacía un listado de todos los trabajadores y se marcaba a los adherentes con una fibra amarilla, y a los opositores o indecisos se les hacía una cruz o un puntito respectivamente. Eran fervientes enemigos de los "impostores del libre pensamiento" como decían desde las cúpulas del poder.

Miguelito protagonizaba su película, hacía la personal, digamos que se movía en la suya. Estaba enamorado de una piba, Mariel, que estudiaba en la Facultad de Bellas Artes, y trataba de conquistarla pero nunca se animaba. Salía del Ministerio y se daba una vuelta por las cercanías de la Facultad, compraba algún que otro libro usado, cambiaba uno viejo que ahí mismo le habían vendido por otro distinto, pero cada vez que veía a Mariel nunca lograba enfrentarla. #Argentina #Libros #Cultura Buenos Aires