Maggie (2015), debut fílmico del británico Henry Hobson, cerró en las carteleras de un 2015 altamente protagonizado por zombis, y lo hizo traicionando lo esperable de un relato que incluya "muertos vivientes" y a Arnold Schwarzenegger. Alejándose de las secuencias de acción, este filme de horror nos muestra -con presupuesto moderado y centrado en actuación y la atmósfera- el conflicto de un padre  cuya hija (la Littl' Miss Sunshine, Abigail Breslin) ha sido contagiada con el virus zombi en medio un mundo que combate día a día la epidemia. Obligado a mantenerla en cuarentena mientras transcurre su lenta y dolorosa transformación, y presionado por las autoridades locales que preferirían deshacerse de ella lo antes posible, se aferra a su rol paterno hasta quedarse a solas con ella, mientras el resto de la familia se refugia en casa de parientes lejanos.

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Una apuesta riesgosa por el amor filial en los tiempos -ya no del cólera- sino de la peste de los muertos vivientes.

La discriminación, la presión social y el conflicto del afecto contra las normas establecidas son los ejes centrales del filme, y no tanto la naturaleza de los zombis per se, ni mucho menos la llegada milagrosa de una curación a último minuto. Uno podría esperar reflexiones semejantes de una película sobre enfermos de SIDA u homosexuales en un pueblo recóndito de la Norteamérica sureña y conservadora. Schwarzenegger, en ese sentido, se muestra cómodo en el rol paterno, dulce y sobreprotector, desesperado de cara al avance de la enfermedad, así como feroz contra quienes pretendan llevar a su hijita enferma a los centros de detención del Gobierno. Un rol contrario al de soldado del sistema que tanto ha interpretado. 

Un elemento curioso en la mayoría de los filmes de zombis es, precisamente, la velocidad del contagio.

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Se habrá notado que los personajes terciarios se convierten más rápidamente, al ritmo que sea necesario para el suspenso y la dinámica de la trama; mientras que los principales o protagónicos resisten hasta el final del relato o casi, cuando se entregan en sacrificio heroico. Maggie en cambio se centra en la pérdida paulatina de lo humano, a medida que la hija enferma pierde su filiación con el padre que la defiende. Más que el acostumbrado thriller paranoico sobre el contagio, este relato apunta a un diario de la despedida, un drama íntimo que resultará lento para quienes anhelen tiroteos espectaculares. 

El lado flaco del filme estriba en la construcción del mundo ficcional, que puede resultar demasiado calmo para una crisis sanitaria de envergadura masiva: demasiado intimista. Pero la decisión de ubicar la acción lejos de las grandes ciudades norteamericanas contribuye al clima de verosimilitud. Aún así, uno echa en falta cierta presencia de los medios de información en tanto portavoces de lo público: un rol que cae por completo en apenas dos agentes de la policía local. 

La fotografía del filme, oscura y melancólica, ofrece no pocas escenas de contenido estético, sobre todo en la exploración del vínculo paterno y la remembranza de la madre muerta.

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Se trata de un filme a la usanza de la miniserie In the Flesh (2013-), donde la indagación psicológica de la condición de un otro, un distinto, constituye el elemento clave: la segregación y discriminación como políticas de estado justificadas, como suele ocurrir en la vida real, por la salud pública. No es Maggie un relato épico y apocalíptico, y he allí precisamente su fortaleza. #Cine #Hollywood