La revolución mexicana de 1911, villista y zapatista, había encauzado a un México destinado a ser potencia. Finalizada la guerra cristera, Lázaro Cárdenas y sus políticas nacionalistas, iniciaba una etapa donde el pueblo mexicano gozaba, por primera vez en siglos, de una autonomía y una defensa de la soberanía nacional.

La creación del PRI como partido republicano, fue virando su esplendor revolucionario y se fue corrompiendo, cada vez más, a los intereses extranjeros.

México fue, en el período comprendido entre 1934 y 1968, un país en claras vías de desarrollo, con una industria fuerte, productor de petróleo, con una educación de primer nivel en todos los estratos, y expresiones culturales en todos las artes que maravillaron al mundo.

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Aquellos primeros principios se fueron congelando y los intereses permanentes de los imperios, que siempre conspiraron contra Latinoamérica, los transformaron en corrupción estatal, generando cada vez más represión y más autoritarismo.

1968 fue un año de protestas y represiones; la lucha de clases y de ideas saldaban un México contrarrevolucionario. Fueron reprimidos violentamente obreros y estudiantes, que creían en otro mundo distinto al de Díaz Ordaz y Echeverría, quienes se sumaron a la Escuela de Las Américas, iniciando relaciones carnales con EEUU.

Esta política no respetó los derechos humanos y coincidió con la línea dictada en todos los países del resto del continente. El ejemplo de Cuba soberana e independiente, debía eliminarse del resto de pueblos del Tercer Mundo. Y así, los países de la región fueron dominados por ejércitos nacionales preparados por instructores yankees para exterminar las ideologías.

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Hacia 1975, los carteles de la droga, industria de muerte y desamparo, nacieron como herramientas ilegales pero legítimas del sistema capitalista mundial. Con sus ganancias, compraron gobernantes, mataron idealistas, contrataron ejércitos enteros, para seguir en la misma rueda, girando hacia genocidios cada vez más quirúrgicos.

México inició así un derrotero que sigue hasta hoy.

Y despertaron en el sur los pueblos zapatistas. Y pese a este infernal escenario, surgió por 1994 el EZLN inspirando a muchos, cuando habían decretado la muerte de las ideologías.

Por eso, el "mal gobierno", fiel a su naturaleza soberbia, cruel y asesina, siguió matando, como en ACTEAL, en 1997.

Lo mismo en 2006, cuando la represión de Atenco. Los poderosos de risa acartonada, de cejas cocainómanas, de dientes de utilería, deseaban lujuriosos la desaparición, el crimen, de cuanto obstáculo se le presentara, ya sin impunidad, ni barreras que los limitaran.

Han creado horror: Ayotzinapan y los 43 desaparecidos estudiantes, no son más que unos cuantos, de millones, que han muerto hasta estos días.

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Bastaría tan sólo con que el pueblo de México denuncie en todos los ámbitos. Es eficaz la movilización, el desacato a la violencia y a las mentiras. Los derechos deben reclamarse en las calles. Y si bien el negocio de estos dictadores de mercado es el miedo para seguir acumulando riquezas, espera América la reacción en forma de protestas sociales, donde le quiten la máscara a los asesinos. Es hora de llevar a los foros internacionales de derechos humanos las pruebas y condenar a los genocidas mediante cualquier herramienta que sea legítima. No se pueden permitir más muertes en vano. El destino de México debe ser otro. Que México no sea pobre, por estar lejos de Dios y cerca de los EEUU.