Cuando en octubre de 2013 Massa se impuso con un rotundo 44%, su grupo de asesores ya pensaba cómo capitalizar esa victoria en vistas al 2015. El desafío del tigrense radicaba en mantener esa adhesión y no perderla en el camino. Pero sobretodo, desde el entorno massista aún estaba fresco el caso de Narváez quien tuvo idéntica suerte en las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires pero se fue desinflando hasta perder toda gravitación política.

Massa asumió un rol activo, procurando evitar la misma suerte. Busco mostrarse en cuanto canal de televisión le abriera las puertas y en cuanta vía pública permitiera instalar carteles. Y esa (¿sobre?) exposición logró aumentar su índice de conocimiento. Ya no era solamente conocido en la provincia de sino en todo el país. Asimismo, el FR sumó a sus filas un numero considerable de intendentes díscolos pensando en un armado consistente para las presidenciales.

Mientras tanto, Massa hacía lo propio frente a las cámaras. De saco oscuro, a veces sonriente o otras serio, el líder del FR intentaba seducir. La estrategia era clara: tomar cualquier tema ríspido en la agenda política y prometer solucionarlo. La derogación del anteproyecto del Código Penal, la eliminación de Ganancias y la erradicación de la violencia en el fútbol monopolizaron su discurso. Se opuso a un proyecto de Código Penal que fuera consensuado por la totalidad del arco político nacional prometiendo penas que recordaban al falsario ingeniero. Aseguraba que eliminaría Ganancias sin explicar cómo y utilizó el papelón del superclásico del gas pimienta para aseverar que con él, el fútbol volvería a jugarse con visitantes. Donde se presentara un problema, allí estaba él, cual Houdini, para ofrecer una solución.

La estrategia principal de Massa siempre fue diferenciarse, con la intención de ser la síntesis de la antinomia Macri - Massa. Tercera posición, decía él, apelando al inconsciente colectivo peronista. En efecto, Massa aseveraba que no volvería al neoliberalismo y tampoco continuaría el famoso "modelo". Su frente, renovaría. Pero en el afán de ser la opción superadora, Massa sepultó sus posibilidades. El núcleo peronista vio con mejores ojos a un Scioli, a quien reputan como capaz de continuar el modelo iniciado en 2003 haciendo los enderezamientos necesarios. Por otro lado, Macri absorbe a otra fracción considerable del electorado que se niega a mantener resabios K en 2015.

En orden de ideas, la gente no olvida que Massa formó parte de este gobierno y que su entorno se nutrió del sector más vetusto del PJ y de caras ya conocidas como las de Redrado y Solá. En el afán de diferenciarse de sus contrincantes, Massa devino en un híbrido incapaz de seducir al electorado.

Tal vez el hecho que precipitó su derrumbe el acuerdo PRO-UCR. Así, Macri daba un paso enorme en aras de la consolidación de una estructura nacional pensando en octubre. El PRO pasó de ser un partido local con presencia en la Ciudad a uno con proyección nacional y posibilidades serias de hacerle frente al aparato del FPV. Y a partir de ese momento la elección terminó de polarizarse entre Scioli y Macri.

Lo que sobrevino después para Massa no hizo otra cosa que sumergirlo. La paupérrima elección de su candidato en la Ciudad Autónoma, el masivo éxodo de intendentes y su silencio lo fueron alejando cada vez más de concretar la aventura presidencial que parecía verosimil. Hoy, octubre se acerca con la misma constancia con la que baja Massa en las encuestas. #Política Buenos Aires #Elecciones 2015 #Sergio Massa