No es que prefiera hablar de decadencias y decepciones en el ámbito del entretenimiento, pero…toca. Así es, y pese a que muchos puedan no estar de acuerdo, no se puede negar un hecho tan evidente: el anime ya no es el mismo. No deslumbra ni contagia como antes. Esto es tan cierto en una simple actitud: Como persona nacida y criada en los ‘80 y ‘90, hasta hace un par de años podía decir, afirmar y defender el género a capa y espada. Si alguien insistía en negar una afirmación tan asertiva como “¡El anime es genial!”, uno replicaba: “No sabés lo que te estás perdiendo”… No obstante, ¿podemos defender a la #Animación nipona con tanto ahínco como lo hacíamos hasta hace algunos años? Puede ser que mucha gente aún lo haga. Los más jóvenes, quienes no se nutrieron con la verdadera magia de este tipo de género.

Series como Saint Seiya, Sailor Moon –la obligada de las niñas–, Ranma ½, Evangelion, Dragon Ball, Orphen, Slayers, Soul Hunter, Hunter x Hunter, Mazinger, Supercampeones, Cowboy Bebop, Macross, Yu Yu Hakusho, Saber Marionette, Gantz, Escaflowne, Gundam Wing, Rurouni Kenshin… Entre tantas otras que disfrutamos a pleno desde el primer al último capítulo. Mundos de fantasía; personajes con un trasfondo complejo, con los que era difícil no generar empatía instantánea. Historias interesantes y cargadas de giros argumentales, muchas de ellas, con temáticas adultas llenas de sentimientos e intimidad… Entonces, si este género de estética tan visual, bella y colorida, se ganó su derecho y reconocimiento global… ¿Qué le pasó?

Con el avance de la cultura japonesa hacia el occidente, la masificación de los medios de comunicación, la evolución de la tecnología y el gigante de hoy: Internet, las grandes empresas de animación se percataron, no sólo de que sus productos tenían gran aceptación fuera de la isla, sino que podían producirlas más rápido, debido a la evolución de estas nuevas tecnologías 2D-3D, que alivian mucho el trabajo de los estudios. Pero eso no es todo. ¿Cuál es el objetivo fundamental del anime? Así es: Dinero; dinero de la comercialización del producto en sí –OVAs, DVDs, Blu Rays–, y de todo lo relacionado: Merchandising, eventos de cosplay, conciertos, videojuegos. Otra de las cosas de las que se percataron es de la cantidad de ganancias que deja el anime. Cuando se piensa más en lo redituable que en el producto… la calidad éste último tiende a verse afectada. Es triste, pero real. Estos estudios han crecido mucho en los últimos años, dejando como resultado historias chatas, repetitivas hasta el cansancio, en las que, en gran parte, se exponen fetiches de los japoneses, como el voyerismo, love hotels, misofilia, host clubs, entre otros. Los personajes son apáticos o irritantes al extremo. Carentes de un trasfondo profundo y complejo. En una gran parte, las tramas se desplazaron de la acción, la fantasía, la aventura y la ciencia ficción, a la vida social. El anime hoy se ha transformado, básicamente, en novelas animadas. Con más o menos variantes, el ámbito fuerte es el social.

Mediocridad y conformismo. Ésas son las principales causas de lo que en este bello género se convirtió, y la culpa no sólo recae en los empresarios que quieren recoger dinero con pala, sino nuestra, por conformarnos con lo que nos dan a cambio, en su afán por sacar al aire, una tras otra y a velocidad récord, series sosas; carentes de espíritu y magia.

Sería injusto negar que hay algunos casos que se destacan –a partir del 2000–, en la marea de mediocridad de lo que es el anime hoy en día: Naruto, Fullmetal Alchemist, Death Note, Attack on Titan, Bleach, Black Butler, Lovely Complex, Nro. 6, Letter Bee –tierna, lacrimógena y original–, Inuyasha, Yu-Gi-Oh!, Hetalia Axis Powers, One Piece, Fairy Tail, entre muchas otras que cada uno seleccionará de acuerdo a los gustos personales. ¿Cuál será el destino del anime a largo plazo? Los japoneses son muchos y en su país la aceptación es fuerte, por lo que, ¿les interesa lo que suceda fuera de la isla?