A muchos nos pareció una apuesta arriesgada el anuncio de que Deadpool (2016) se sumaría al universo cinematográfico que Marvel Comics ha venido desarrollando hasta las fechas. Y esto se debe no a otra cosa que a la naturaleza del personaje, absolutamente popular en el ámbito de las historietas desde su origen en 1991: una sátira ambulante del género mismo de superhéroes, pletórico en meta referencias a la industria, mofas a las debilidades y estereotipos de la trama y constantes rupturas del hilo narrativo, a través de comentarios al lector.

Esto, sumado a las poquísimas convicciones políticas o morales de un mercenario a sueldo tan horriblemente desfigurado por el experimento mismo que le hizo inmortal, nos da un personaje retador, histérico, una crítica de cierta banalidad rampante en la cultura mainstream estadounidense que no podía sino resultar atrevidamente interesante.

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He allí la razón de que este filme, protagonizado por un ágil Ryan Reynolds (Wade Wilson/ Deadpool), nos resulte, cuando menos, una decepción.   

La secuencia introductoria, pretendidamente irónica, nos lo advierte: el relato no es más que una serie predecible de estereotipos, encallados en un guión manido, pobre, que poco esfuerzo hace por ocultar su anclaje en el mito del príncipe encantado, al que el beso final de la princesa devuelve su forma humana y rompe el hechizo que lo convertía en sapo.

La fórmula de “El amor es ciego” hace su entrada de nuevo, en medio de chistes, para ser confirmada por el final feliz en el que el héroe se queda con la chica (Morena Baccarin) después de ajusticiar al villano de acento extranjero (Ed Skrein). Irónico, pues semejante aplanamiento de los personajes y de la trama impiden la apreciación del carácter demencial del propio Deadpool, justamente lo que la abundante publicidad del filme nos prometía.

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Amparados en las excentricidades del personaje, en sus constantes alusiones sexuales, sus rupturas explícitas de la cuarta pared y referencias a la cultura pop contemporánea, los creadores del filme han hecho muy poco esfuerzo por adentrarse en los pormenores del relato, traicionando así al espíritu irreverente del personaje, al cual han domesticado hasta convertirlo en un héroe-que-dice-no-serlo (como si eso bastara).

Tan así es, que se hizo necesaria la incorporación de un Pepe Grillo metálico en CGI: Coloso de los X-Men (voz de Stefan Kapicic), para dar el suficiente contraste a la idea fallida de que Deadpool sea en el fondo un mal tipo, y tenga sentido la frase final de que “no hace falta ser un héroe para quedarse con la chica”.

Por el contrario, estas soluciones fáciles resultan en una versión roma e inofensiva del mercenario parlanchín del cómic, convencionalizado y domesticado, excepto por la abundante violencia gratuita que, no podía ser de otro modo, le rodea. Y si bien uno podría agradecer el mayor grado de atrevimiento que la película exhibe al incorporar contenido erótico más o menos explícito, en un alarde de permisividad de la industria sin el cual la película habría sido intolerablemente conservadora, es lamentable que esa concesión aparente tenga un rol más bien distractor, de carnada: desviar la atención del mismo relato mil veces contado, aderezado esta vez con gag tras gag al mejor estilo fácil de un stand up comedy, que no deja de tener sus momentos agudos, pero no lo suficiente como para hacer de este filme una experiencia mínimamente retadora.

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#Cine #Hollywood #Estrenos de cine