Es el cuerpo el que avisa que se llegó a Bécal, los poros de la piel se abren y manan sudor. Desde el primer vistazo uno se da cuenta que aquí la vida avanza lenta porque el calor impide que cualquier actividad se acelere. No hay gente en las calles, da la impresión de que es un pueblo fantasma en el que sobreviven esas casas blancas con paredes redondeadas y techos de guano, clásicas de la arquitectura maya. Se localiza a una hora de Campeche, capital homónima de dicho estado al sur de México.
Es necesario reparar en unos hoyos cavados en los patios de las casas para conocer la verdadera vida del pueblo, ésta transcurre en cuevas. 
No es que sea una sociedad de topos, la decisión responde a una razón económica. En estos reductos se aprovechan al máximo las bondades del sascab, tierra endémica de la península de Yucatán cuya mayor cualidad es que es fresca. Un aire acondicionado natural enfría los cuerpos, pero no sólo eso, este microclima permite que una palma llamada jipi japa se mantenga flexible, con ella se produce el sustento de los becaleños, famosos hacedores de sombreros estilo panamá.
En la penumbra se encuentran los tejedores, que en su mayoría son mujeres. Es una labor ardua que les implica invertir alrededor de dos semanas para terminar un sombrero fino. La  producción en serie no es un concepto que les guste por estas tierras así que la tradición marca que quien inicia una pieza es quien la termina. Desde que sale el sol, los artesanos se sientan en banquitos sin respaldo, con la espalda encorvada hacia adelante mientras sus dedos “corren”, pero es necesario levantarse cada hora porque no hay cuerpo que aguante. 
A pesar del esfuerzo físico, no se quejan, al contrario, mientras están en la cueva un mundo interior que se pone en marcha, si no hay charla siempre tienen sus pensamientos que suelen desatarse mientras tejen y crean, verbos que se han convertido en una dicotomía.
El proceso
Los sombreros de panamá están catalogados como unos de los más finos, entre sus cualidades destaca que se pueden enrollar para pasar a través del aro de un anillo y después recobran su forma original. 
Humphrey Bogart y Frank Sinatra sucumbieron ante su belleza. Sus inicios son ecuatorianos pero saltaron a la fama mundial cuando Theodore Rooselvet era presidente de Estados Unidos y visitó el Canal de Panamá guareciéndose del sol con una de estas piezas. 
La jipi japa tarda alrededor de año y medio para poder ser cortada. Una vez por mes los hombres se van a la cosecha y se internan en las plantaciones, cada familia tiene la suya. 
Regresan, entonces, con los cogollos y los aporrean. Una oración así requiere traducción: los cogollos son las ramas de la palma y el aporreo consiste en golpearlos contra el suelo para que se abran.
Con una rama partida solamente por la mitad se elaboran los sombreros menos finos, los filamentos son más gruesos y permite tejer más rápido; le siguen las piezas elaboradas con tres partidas pero el trabajo que realmente vale la pena es el que se hace con cuatro partidas, unos hilitos delgaditos que al trenzarse dejan una textura similar a la de la seda.
Cesteros por tradición
Los mayas de Campeche tienen una larga tradición como tejedores. El henequén es la fibra que trabajaban y durante mucho tiempo le dio esplendor a la zona. A principios del siglo XX en Bécal reinaba el hacendado Sixto García López, que cultivaba el henequén y la jipi japa.
Sixto era fanático de los sombreros estilo Panamá y envió a Guatemala a un indio llamado Tino Chi para que aprendiera a hacerlos.
En 1910 en México se inició la Revolución contra el monopolio de los hacendados, proceso en el que Sixto perdió sus tierras pero el oficio que les había enseñado a los becaleños persistió.
Actualmente estos sombreros viajan por todo Centroamérica y una pieza fina puede venderse en alrededor de 150 dólares.


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