Cada vez que se le dice al niño que "los hombres no lloran", éste niño, le da un golpe a la mujer interna. Cada vez que se le dice a la niña que "eso no son juegos de una señorita", ésta personita, le da un golpe al hombre interno.

Las fuerzas femeninas y masculinas, están mejor cuando se integran. El principio masculino, yang, es fuerte, brillante, activo, creativo. El principio femenino, yin, es pasivo, oscuro, receptivo.

Ambas fuerzas, funcionan mejor cuando se las integra. La integración, debe ser producida en el mundo interno. Jung llamó ánima a la parte femenina presente en el hombre y ánimus a la parte masculina presente en la mujer.

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Son aspectos, empero, presentes en todo ser humano desde su nacimiento.

Cuando estos aspectos, no se integran, el hombre, es demasiado masculino y la mujer, demasiado femenina. Inconscientemente tendrán miedo al opuesto, identificándolo con algo negativo, que no debe surgir en la consciencia y debe quedar reprimido, subordinado y completamente oculto*.

Así, la mujer, sólo se sentirá completa, cuando en términos freudianos, se "sienta amada y procree un hijo". Eso es, a lo único que puede aspirar. Por el contrario, el hombre asumirá una disposición diametralmente opuesta. Será el proveedor, el sostén, la ley. Él saldrá al mundo y podrá tener amigos y amantes, mientras la mujer será una simple extensión de su casa.

Esto, en la época de Freud, era una familia promedio. No vamos a ahondar en los horrores de tiempos pasados.

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Recalquemos que hasta hace 60 años, las mujeres en Argentina no tenían derecho a voto. Lo importante, claro, no es eso.

Es la integración. Interna, de los opuestos. Una persona, hombre o mujer, nunca estará completa si internamente no logra integrar los aspectos opuestos en alguna o varias funciones. El arte, necesita una dosis fundamental de fuerza receptiva, femenina. Si el hombre no es receptivo, no encuentra inspiración, sus obras de arte, parecerán en el mejor de los casos extraños monumentos a la razón. Por el contrario, la mujer necesitará fuerza masculina para plasmar la obra.

Éste simple ejemplo demuestra cómo funcionan mentalmente estas fuerzas complementarias. De no integrarse, el hombre y la mujer, buscarán afuera, lo que no pueden darse ellos mismos. Lo peor es que jamás lo encontrarán. Y por fuerza, querrán apropiárselo para ellos.

Si no se equilibra el yin y el yang interno, no existe posibilidad de encuentro. No se podrá ver al otro, sino a una imagen incompleta de sí mismo que busca su "otra mitad".

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Eso generará hostilidades sin fin, choques y fuertes disputas, ya que no se comprende que el otro sea propiamente otro.

Esto va para hombres y mujeres, para hombres y hombres, para mujeres y mujeres, para travestis, bisexuales. Y es necesario aceptar el absurdo, la incompletud, la incomprensión, la lucha e incluso la pelea en las relaciones normales. Un amor perfecto es algo tan lejano como una sociedad no-violenta. Es parte de la vida. Sin embargo, hay un abismo entre el amor y el poder.

Esta integración interna, no sería tan grave de realizar si la posición patriarcal no dominara la escena. Todavía lo hace. Su opuesto, lo matriarcal, sería tan negativo como éste, por supuesto, en aspectos más sutiles. Los niños no nacen con tantos prejuicios y locuras. Se van sembrando en su mente, se van haciendo bien machitos y bien hembritas.

Todo prejuicio esconde miedo y en definitiva, sentimiento de inferioridad. Y empieza por la educación, en cosas muy sutiles y no siempre verbales. La violencia, es en definitiva, una acumulación interminable de golpes internos contra uno mismo.

La posición patriarcal, se la combate con una visión integrativa. A nivel simbólico, esta lucha, puede llevar aún décadas. Es, la división, interna o externa, la única causa de la imposibilidad de amar.

"Cuando el amor es la norma, no hay voluntad de poder, y donde el poder se impone, el amor falta."

Carl Gustav Jung #Psicología #Violencia de género