No presenta ninguna novedad decir que, en época electoral, se inundan de operaciones políticas todos los medios de comunicación y esto se debe, en parte, a la creciente marketinización de la política. El centro de la escena ha sido ocupado por estos y se aceptan sus mensajes como verdades indiscutibles.

Tenemos en nuestro país, con la coyuntura que nos toca vivir, la desdicha o fortuna de reconocer y diferenciar los distintos medios de acuerdo a su alineamiento político, su postura o su inclinación ideológica, lo cual presenta una dificultad insoslayable. Esa dificultad es la interpretación y posterior calificación, en términos de veracidad, que uno le da a determinadas noticias, que pueden ser o no una “operación política”.

Se incluye allí las encuestas, que son a la vez manipuladas y manipuladoras, al marcar tendencias e influir sobre los votantes.

Mencioné también la fortuna en el reconocimiento de la postura de los medios; esto en términos Maquiavélicos, por lo que arrastra consigo una dosis de virtud. La virtud es aprovechar esa fortuna (buena o mala), porque esa dificultad insoslayable trae, a su vez, una potencial ventaja, que es la duda constante. A través de esa duda se profundiza la lectura de las distintas posiciones en torno a determinada noticia, dándose una dialéctica que nos acerca a la correcta interpretación del hecho.

Podrá decirse que tiene un costado negativo, porque en algunos casos la duda lleva a un distanciamiento paulatino del lector, oyente o televidente respecto del medio, ergo de la actualidad social y política del país.

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Así las cosas, las operaciones políticas abundan y es necesaria esa profundización en la lectura de la realidad y las noticias, para tener una apreciación más correcta de los hechos y no caer en la trampa de las mismas. La trampa es que el receptor vea y analice un hecho (verídico o no) desde la perspectiva que busca imponer el comunicador. Quiero decir que la gravedad no es sólo la imposición de la perspectiva, sino la falsedad o mentira que esconden algunas noticias.

Es impensada la objetividad en política y en toda actividad social relacionada, por eso debemos saber qué es lo que no se dice cuando se dice algo, y aprehender de la mejor manera posible los hechos para evitar caer víctimas de una manipulación comunicacional. Esto es, ni más ni menos, que la aceptación de los valores y opiniones del comunicador por parte del receptor, que los termina incorporando como propios. Todo esto forma parte de los vericuetos que conlleva un proceso electoral en la Argentina.

Las operaciones políticas buscan manipular al receptor de estas, que es la sociedad. Y esa sociedad, si es sumisa y cae víctima de ellas, será conducida como ganado, lo que llevará, indefectiblemente, a su decadencia por la incapacidad de poseer un pensamiento crítico, reflexivo y, sobre todo, propio.